El crecimiento acelerado en los niveles de urbanización, educación, información, secularización, investigación genética y uso de tecnologías avanzadas ocurrido en las últimas décadas en muy distintos campos del conocimiento, ha intensificado en los países occidentales dos fenómenos. Uno es la discusión acerca de la importancia que tienen las religiones —o, mejor dicho, la práctica religiosa— en las comunidades humanas y en la formación de lo que suele llamarse el capital social, y, el otro, es el aumento de quienes optan por alguna de las variantes que van desde el ateísmo y la indiferencia hasta los extremos del resentimiento religioso y el jacobinismo contemporáneo.
Si bien es cierto que en esta parte del mundo los índices de escolarización están en ascenso (con los consecuentes progresos en la comprensión científica de los misterios del hombre y el universo) y que, conforme avanzan los procesos de institucionalización y democratización, igual pasa con la normalización del laicismo, también es verdad que, quizá como nunca antes, millones de personas parecen estar mucho más urgidas de un tipo de explicación metafísica que las provea, desde la perspectiva de la fe, del dogma o de las creencias, de un conjunto de respuestas para aquellas cuestiones en las que, a su juicio, la razón o la ciencia son insuficientes.
Es muy probable que este fenómeno, íntimamente asociado a las limitaciones conceptuales de las iglesias y religiones tradicionales o a su falta de “aggiornamento” para insertarse en la era actual, haya incentivado la proliferación de pseudoreligiones, técnicas de sanación a la medida, terapias improvisadas cercanas a la demencia, creencias extravagantes, y denominaciones y confesiones muy excéntricas que, de diversos modos, pretenden cubrir una mayor demanda de la gente que, simple y sencillamente, no encuentra una salida más o menos clara a las confusiones e incertidumbres psicológicas, emocionales o espirituales propias de la compleja existencia humana. Lo paradójico de una situación así es que mientras mayor es la legítima necesidad de creer en algo o alguien, menos eficaz parece la forma en que las grandes religiones serias llenan ese vacío y, por tanto, la interrogante fundamental —y la más básica— es cómo dotar de sentido al credo y la práctica religiosa y hacerlos saludables para la vida cotidiana.
La primera observación es que, con independencia de la forma individual de ejercerla, la religión importa. La mayoría de los estudios reconocen que, como hecho cultural, el sentido de congregación que se presenta, entre otras, en la práctica religiosa, es parte importante del capital social de los países y que puede tener en general funciones saludables en el comportamiento colectivo. Permite la internalización de un conjunto de valores que, teóricamente, debieran influir positivamente en la conducta particular, y aunque el debate científico es muy controversial y no hay conclusiones definitivas, es posible que también produzca algún bienestar (no milagros desde luego) sobre la salud de las personas.
Por esta razón es cada vez más frecuente que en los tratamientos hospitalarios se brinde lo que se llaman las clínicas del dolor para pacientes y familiares y que parte de éstas se apoyen eventualmente en la presunta relación entre fe y enfermedad. Hoy más de la mitad de las facultades de medicina de EU ofrecen cursos de ese tipo —hace una década sólo lo hacían tres—, principalmente porque los pacientes están exigiendo más cuidado espiritual. De acuerdo con una encuesta de Newsweek de hace años, el 72 por ciento de los estadunidenses dice que agradecería una conversación acerca de la fe con sus médicos; el mismo número dice creer que la oración puede curar a alguien aun cuando la ciencia asegure que no tiene posibilidades.
El problema surge cuando numerosos creyentes distorsionan la concepción profunda de la práctica religiosa y pervierten su relevancia social. La religión es tanto hecho cultural como elemento esencial de vida interior; es un acompañamiento espiritual que ayuda a los seres humanos a sobrevivir en medio de las complejidades de la existencia y darle un sentido de trascendencia que, por definición, está más allá de los terrenos de la razón y de la fe, que tienen un lugar y una función distintos. Es obvio que la religión no encontrará la cura del sida o del cáncer, no permite construir carreteras o sanear las finanzas familiares ni hace a la gente más guapa, lo cuál depende de la ciencia, la estética o las políticas públicas.
Pero también es verdad que estas disciplinas no brindan —ni es su objetivo— el ingrediente espiritual indispensable en toda vida coherente porque ello pertenece, en alguna medida, al campo de la fe y la religión. La distorsión proviene, en todo caso, cuando, por ignorancia o mala fe, se confunden ambas cosas, e iglesias y creyentes asumen que la religión es un “sustituto” que por sí mismo les resuelve los problemas terrenales y no un “acompañamiento espiritual”; en otras palabras, cuando suponen que la religión los exime de algunas de las obligaciones básicas de un existencia individual y colectiva coherente —respetar a los demás, decir la verdad, cumplir la ley, ser caritativos, practicar la misericordia, la bondad o la solidaridad, por ejemplo— y que es una licencia para la hipocresía, la mezquindad, la traición, la incultura, la mentira, el robo o muchas otras de las miserias morales de la condición humana. Este es, sin duda, uno de los supuestos que han debilitado gravemente la credibilidad de las religiones y la confianza en las propias instituciones religiosas ocasionando, justamente, la deserción de muchos creyentes.
El otro gran problema de las iglesias y religiones tradicionales —“están agonizando”, admitió Benedicto XVI el año pasado— es su falta de adaptación a los problemas y angustias del mundo contemporáneo. Las cifras son elocuentes en el caso del catolicismo, por ejemplo. Hay en el mundo seis mil 400 millones de habitantes de los cuales un 17% son católicos, uno por ciento menos que hace 25 años. Los matrimonios religiosos disminuyen 20% y la asistencia a las iglesias también —en algunos casos es apenas de 5% en las llamadas sociedades poscristianas—, mientras aumentan las parejas de hecho y las del mismo sexo, el uso de anticonceptivos, el ateísmo, la indiferencia religiosa o el agnosticismo. La situación en la vieja España “pobre, rural y católica” —de lo que ya casi nada queda— es particularmente sintomática: 73% de los españoles ve a la jerarquía “alejada de la realidad”, el catolicismo entre los jóvenes de 15 a 24 años bajó del 77% en 1995 a 49% en la actualidad, más de la mitad aprueba el aborto y la adopción por parte de homosexuales, y el 80% piensa que la Iglesia Católica es la institución que genera menos confianza, sólo después de las empresas multinacionales y la OTAN.
La magnitud de esos datos es una poderosa llamada de atención, pero también una oportunidad valiosa para las grandes iglesias y religiones. Por un lado, es evidente que la inveterada práctica de reaccionar frente a esos fenómenos señalando simplemente que el mundo está en decadencia o que el Apocalipsis se cierne sobre los humanos ya no funciona. Las tendencias apuntadas parecen irreversibles y el mundo no volverá a ser el anterior a la Ilustración, la secularización o al laicismo, y por tanto el mensaje religioso exige explicaciones mucho más convincentes y cercanas a las preocupaciones actuales de las mujeres y los hombres. Y por otro, es claro que las iglesias deberán reflexionar con una visión fresca y renovada acerca de los fundamentos y la práctica religiosa entre creyentes e iglesias y encontrar modalidades que se ajusten a las necesidades espirituales de la cambiante sociedad contemporánea. De otra suerte, seguirá perdiéndose la importancia real de las religiones serias, profundizándose los vacíos espirituales y creciendo los radicalismos y fundamentalismos de distinto signo —cristianos, judíos o musulmanes— con los consecuentes efectos sobre la cohesión de las sociedades y la coherencia deseable en las formas de vida interior.