
Recuerdo haber visto en algunos manuales de Historia un capítulo titulado “La cruz o la espada” alusivo a los largos conflictos que enfrentaron a algunos soberanos europeos con la Iglesia Católica durante la Edad Media. Especialmente virulentos llegaron a ser los que hubo entre algunos titulares de la corona del Sacro Imperio Romano Germánico –el caso más extremo fue el de Federico II en el s. XIII- y el Papado. La mayor parte de las veces éste ganó la partida. Jugaba con ventaja; a pesar de verse derrotado militarmente en numerosas ocasiones, siempre tuvo en sus manos, por llamarlo de alguna manera “el monopolio de lo trascendente, o de lo oculto”. Se aceptaba que era el vicario de Cristo en este mundo, en definitiva, quien tenía el poder si no de decir quién se salvaba (algún papel tendría que quedar para Dios) sí de decir quién no. La excomunión era un arma poderosa. Y como incluso los adversarios aceptaban estas reglas –sólo el emperador citado antes se atrevió a romper-, pues era como un jugador de cartas que sabe que su oponente pone la baraja marcada. Perder es sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, aquellas victorias proporcionaron un triunfo envenenado: El Papado y el clero católico fueron relativamente populares mientras se vio en ellos un cierto contrapeso ético de las arbitrariedades del poder político de la época. En cuanto la Iglesia Católica se ocupó de defender sólo sus intereses su popularidad decayó, el prestigio del Papado quedó definitivamente mermado y, a la postre, se llegó a la Reforma Protestante.
Iba pensando en estas cosas, motivado en parte por las fechas de Semana Santa en las que estamos, y, en concreto, por una procesión que encontré a mi paso la otra noche. Lo que puede parecer de una actualidad dudosa –el párrafo anterior- me pareció algo totalmente presente en la sociedad española de 2006, pensaba mientras tenía que esperar para continuar mi camino a que pasasen las diferentes cofradías y autoridades municipales en la procesión. Hace poco menos de un mes, en esta misma ciudad desde la que escribo, Toledo, hubo una cierta polémica bastante decimonónica en su génesis y desarrollo que, incluso pasó a los medios de comunicación nacionales. Resulta que dentro de un festival de teatro estaba programada una obra del cómico Leo Bassi titulada “La Revelación”. En palabras del propio interesado en los programas del festival, este montaje era un manifiesto a favor de la racionalidad y en contra de las religiones y lo esotérico. El único intérprete aparecía vestido como Papa. Hay quien dice que esto era una provocación y, en verdad, hay que reconocer a Leo Bassi –aparte de la opinión que tengamos sobre sus méritos artísticos- que provocó que viéramos de verdad hasta qué punto nos dejamos controlar por la Iglesia Católica. Una semana antes el arzobispo –recientemente nombrado cardenal- de Toledo lanzó una homilía en contra de este espectáculo. Hay que decir que Leo Bassi ha actuado más veces en esta ciudad sin que haya habido polémica, quizá ésta se deba a la estrategia de desgaste del gobierno a cualquier precio que llevan a cabo diversos colectivos. A continuación, el gobierno municipal –del PP- retiró la subvención que había dado previamente a esta obra. Pocos días después hizo lo mismo con la suya el gobierno de Castilla - La Mancha –del PSOE-. No hace falta decir cuál era la portada de la mayor parte de los medios de comunicación locales durante estos días. Tampoco que florecieron manifiestos y escritos varios, algunos sí, verdaderas piezas de Teatro del Absurdo (hasta aparecía en ellos, cómo no, citado José Luis Rodríguez Zapatero), pidiendo la retirada de la obra por las buenas o por las malas y mencionado no sé qué cosas sobre las caricaturas de Mahoma. Al mismo tiempo, se desarrollaba toda una serie de presiones por parte de las autoridades autonómicas –del PSOE- al centro de enseñanza que prestaba sus locales para la representación. Al final, cubriendo el expediente con un mayor aforo de un nuevo local, se cambió el sitio de la representación que, finalmente, pudo llevarse a cabo, sólo con un cierto retraso debido a algún grupo de extremistas -¿fundamentalistas?- católicos que obstaculizaban la entrada de la sala. En el anecdotario de esta historia hay que incluir que el día 16 de Marzo, al mismo tiempo que se convocó una concentración a favor de la libertad de expresión, los señores José Bono, hasta hace unos días ministro de Defensa y anteriormente presidente de Castilla - La Mancha, José María Barreda, el presidente actual, el presidente de la Diputación Provincial (también del PSOE) y el arzobispo de Toledo presentaban un libro sobre los “escritos políticos” de Marcelo González quien, hace ya unos años, fue arzobispo de Toledo. Esta persona se hizo relativamente conocida a finales de la década de 1970 y principios de la siguiente por sus declaraciones de signo ultraderechista.
Ante estos hechos pueden surgir muchas reflexiones. La primera es la pertinencia de estos “provocadores” que nos hacen ver que no es oro todo lo que reluce. Que no somos tan modernos, tan “europeos” como pensábamos. Ni éste es un estado totalmente laico. Lo segundo es el sentido de la oportunidad de toda esta gente de la Iglesia Católica. Con toda su campaña en contra de Bassi lograron que desde varios días antes del espectáculo todas las entradas estuvieran vendidas. Por esto, y por sus alusiones totalmente extemporáneas a Rodríguez Zapatero, es por lo que me pregunto si los fines no serían otros además de la polémica religioso-teatral. Y bueno, de pasada se podría preguntar ¿Quién es esta gente para decirnos lo que tenemos o no tenemos que ver? La Iglesia Católica, como cualquier otra corporación, puede marcar normas y prohibiciones a sus seguidores. Incluso sería lógico y legítimo que amenazase con el máximo castigo que emplea actualmente, la excomunión, a aquéllos de sus fieles que presencien esa obra. De ahí a pretender que se suprima ésta va un trecho largo. Podrían decir lo que es pecado para los suyos, pero no lo que es delito para todos.
Y con esto llegamos a los pensamientos que tenía al principio. Tanto celo a causa de una representación teatral, y todos los años nos organizan estas representaciones en nuestras calles, para lo cuál se les otorga de oficio la autorización. El proceso para cualquiera que pretenda organizar una manifestación en la calle es considerablemente más largo, burocráticamente hablando al menos. No se han parado a pensar que puede que con estas representaciones también ofendan a alguien. O al menos molesten a los que quieren llegar a tiempo a algún sitio. Si fuéramos tan susceptibles y puntillosos como ellos, cuántas veces tendríamos que ofendernos. Supongo que muchas si aceptamos que gran parte del arte occidental de los últimos quince siglos al menos es de inspiración cristiana, y que muchos temas de su iconografía fomentan el odio religioso, el antisemitismo, la intolerancia… Sin embargo, comprendemos que son condicionantes históricos y no sólo no nos ofendemos, sino que incluso podemos disfrutar con los cuadros. ¿Tendríamos que ofendernos al ver que la Iglesia Católica sigue “ocupando” la Mezquita de Córdoba? ¿Y una sinagoga en Toledo? Este tipo de situaciones ilógicas y claramente ventajistas para un lado es lo que popularmente se conoce como “ley del embudo”. Estas situaciones, lo mejor que se puede hacer es acabar con ellas. La Iglesia Católica basa gran parte de la preeminencia de que todavía goza en la sociedad española en su carácter de universalidad, en cierto papel como garante de la ética, y en los sentimientos religiosos de gran parte de la población. La supuesta universalidad es la clave de toda esta construcción. Está en su mismo nombre; frecuentemente oímos “la Iglesia”, como si hubiera una sola. Pero una parte no puede aspirar a ser el todo por mucho que se empeñe. Al menos no ahora, cuando conceptos como mundo y civilización ya no coinciden con lo que se conocía como “cristiandad”. Una vez tomado este camino, también se podría decir que para los ortodoxos, los católicos son los desviados. Está ya un poco desfasado entrar en el debate medieval sobre si hay salvación fuera de la Iglesia Católica. Además, hay mucha gente con otras creencias, o con ninguna. Sobre la ética mejor nos callaremos vistas las veces que la Iglesia Católica ha bendecido las armas de este o aquel tirano. El apoyo de la Iglesia Católica al bando franquista durante la Guerra Civil nunca ha sido cuestionado por ella misma.
Las creencias de la población son algo personal de cada uno. No obstante éste es el argumento que utiliza la Iglesia Católica para que a estas alturas de la Historia en España esté mantenida económicamente por el Estado. Lo racional sería que fuesen los creyentes en ella quienes lo hiciesen. Puede que si tal caso se diera no habría tantos católicos. En cualquier caso no se sostiene lógicamente que el Estado permita que propague sus creencias en centros públicos de enseñanza, que pague a quienes son elegidos por la jerarquía católica para esta labor. El Estado somos todos, también los no católicos. ¿Por qué les pagamos cuando a la mínima aprovechan para volverse contra quien les alimenta en defensa exclusiva de sus intereses o de los que le son afines? ¿Por qué desfilan los cargos electos municipales en las procesiones? Al primero que no beneficia esta situación es a la propia Iglesia Católica. Igual que no le ha beneficiado –materialmente sí, pero no como cuerpo que se reclama espiritual- las épocas de estrecha relación con el poder político, como sucedió durante el Franquismo. Quien más interesada tendría que estar en acabar con la ley del embudo habría de ser ella misma. Y todos los demás, por coherencia.
Maximiliano Bernabé Guerrero. Toledo.
Redactor, El Inconformista Digital.