
Nada ha cambiado desde tiempos de Onán, tal y como detalla en su información en La Opinión de A Coruña S.R.P. El desperdicio del semen, el uso de anticonceptivos, las felaciones, los tocamientos, el coito anal, el masaje clitoriano, y, en definitiva, cualquier elemental masturbación siguen siendo pecado. Y no pecados de poca monta, sino graves, porque atentan contra esa castidad que debiera ser señal inequívoca de las criaturas pensantes de Dios. En esto del sexo, según los obispos, el hombre se distingue de la demás fauna de la Tierra porque su coyunda tiene "fines procreativos" y, fuera de éstos, todo es fornicio y pecado.
El apartado 63 de la instrucción pastoral Teología y secularización en España, un texto que aprobó en marzo la Asamblea plenaria de los obispos y que presentó ayer la Conferencia Episcopal, no se anda con rodeos: la Iglesia "considera pecados gravemente contrarios a la castidad la masturbación, la fornicación, las actividades pornográficas y las prácticas homosexuales".
Lo que nos enseñó Cristo acerca de la sexualidad "no permite banalizar sobre estas cuestiones ni considerar las relaciones sexuales un mero juego de placer" porque "la banalización de la sexualidad conlleva la banalización de la persona" que, por cierto, es persona desde el instante de la fecundación, recopila en su información La Opinión de A Coruña.