
Entre los pensadores franceses más influyentes del momento, Ferry considera que la juventud padece el síndrome de Peter Pan: «Son niños que se niegan a crecer»
PARÍS. Ferry es uno de los filósofos franceses y europeos más influyentes de nuestro tiempo. Su último libro, «Apprende à vivre» (Plon), es un fenómeno social: se han vendido 125.000 ejemplares en apenas seis semanas. Autor de una veintena de obras, traducidas a todas las lenguas cultas, sus ensayos sobre filosofía política, el «pensamiento 68», Heidegger, la muerte del arte contemporáneo, la mundialización de la técnica, el nacimiento de la estética moderna, la «sabiduría» o el «arte de vivir», son referencias básicas que han influido significativamente en todo el continente.
-Francia está en una encrucijada. ¿Debe aplicarse o debe retirarse el Contrato Primer Empleo (CPE) que denuncian estudiantes y sindicalistas? La última jornada de crisis movilizó a entre uno y tres millones de manifestantes...
-Cada cual es libre de pensar lo que quiera sobre el CPE. ¿Bueno?, ¿malo?, ¿inútil? Tanto da. Dicho esto, la ley ha sido aprobada por un gobierno democrático. Ha sido debatida en la Asamblea nacional. Ha sido avalada por el Consejo Constitucional. ¿Cómo retirarla? ¿Cómo ceder a la presión de estudiantes y sindicalistas? Muchos de los estudiantes ni siquiera han terminado el bachillerato. Entre los sindicatos, los hay que esperan encontrar una salida. Retirar la ley sería dramático y peligroso para el funcionamiento de la democracia.
-Sin embargo, ¿de dónde viene la angustia que reflejan las manifestaciones de estudiantes?
-Si me permite la observación, quizá haya menos gente de lo que parece. Hay 63 millones de franceses. Y hay ¿un millón, dos, tres millones de manifestantes, jóvenes y adultos? No me parecen cifras excepcionales. Si hablamos de los jóvenes, a los que conozco bien porque he sido profesor, incluso ministro de la Educación, entre ellos se plantean tres problemas. Primero, en nuestras sociedades democráticas proliferan desde hace dos décadas una serie de miedos. Tenemos miedo de todo, del tabaco, del sexo, del alcohol, de la mundialización, de las deslocalizaciones de empresas, qué sé yo. Cada año descubrimos nuevas razones para tener miedo. Y la gran novedad es que los jóvenes están en la vanguardia del miedo. Muy al contrario del papel que desempeñaron en otros momentos. Hoy están en vanguardia de la inquietud. En 1968, los jóvenes encarnaban la esperanza, el futuro, la liberación, la utopía. Los jóvenes de hoy encarnan la vanguardia del miedo, la angustia ante el futuro. Son víctimas, a mi modo de ver, de una suerte de «síndrome de Peter Pan». Son niños, adolescentes que se niegan a crecer.
-¿Tienen miedo a no tener trabajo y a una vida muy precaria?
-¿Por qué? Los jóvenes viven mejor, tienen más oportunidades y viven en un mundo más abierto que el de sus padres. Detrás del miedo, detrás de la angustia, sospecho un verdadero problema filosófico. ¿Por qué el hecho de entrar en la vida adulta, que antes era muy atractivo, cuando yo era joven, y teníamos muchas ganas de abandonar el domicilio familiar para vivir la vida plenamente, hoy se ha transformado en una forma de obstinación de continuar viviendo en el mundo de la infancia, protegidos por los padres, la familia o el Estado? El mundo de los adultos es mucho más atractivo. No se es un gran poeta, un gran músico, un gran científico, un gran tenista, un gran futbolista, a los 12 o 14 años.
- Sin embargo, los jóvenes franceses ven el mundo de los adultos con miedo, con angustia, como si temieran una suerte de declive...
-Ese es otro problema. Déjeme que concluya mi explicación. Quizá nosotros seamos culpables del miedo y la angustia de los jóvenes. Hemos creado un mundo donde envejecer es una catástrofe. En nuestras sociedades también hemos creado infinitas razones para ser víctimas. Cada grupo social, cada fragmento de un país, aspira a encarnar la posición de víctima. En el caso francés, después de los judíos, los negros; antes o después, las mujeres, o los musulmanes, qué sé yo. Y nos inventamos un país, una nación, que es una suerte de puzle de víctimas étnicas, raciales, religiosas, sexuales. Cada grupo forma su propio clan. Incluso en el plano económico. Los restauradores, los agricultores, los camioneros, los estudiantes, los investigadores, todos somos víctimas del resto. Rompemos la unidad para crear un puzle de víctimas. Y todo el mundo quiere ser protegido por un Estado que no sabe ni puede atender a tantos colectivos de víctimas.
-Para colmo, en el caso francés, el Estado está prácticamente en bancarrota, con una deuda pública inquietante...
-Lleva usted razón. Y ante esa «culpa» colectiva, ante ese problema nacional, de todos, nadie se considera responsable. El miedo y la angustia, en nuestro caso, están ligados a una suerte de irresponsabilidad y victimismo. Los jóvenes no sólo están a la vanguardia del miedo: también están a la vanguardia de algo que no sé si llamar conservadurismo. Todo lo esperan del Estado y la política. Se comportan como viejecitos que todo lo esperan de una política y un Estado que dé un sentido a sus vidas. Hubiera podido pensarse que las extremas izquierdas desaparecerían con el hundimiento del comunismo y la antigua URSS. Pero, en verdad, las extremas izquierdas se han reconstruido afirmando que son posibles otras políticas. Si los movimientos antimundialización están triunfando es porque muchos jóvenes todavía esperan que la política dé un sentido a sus vidas y les ayude a vivir. En las manifestacionese recrean lazos amistosos y sentimentales que dan sentido a sus vidas y rompen la monotonía de cada día. A mi modo de ver, se trata de una gran ilusión, ya que la política no es un fundamento sólido para dar sentido a la vida íntima, individual. Todavía no hemos comprendido que las utopías han muerto. Cuando los jóvenes oyen estas cosas tienen miedo. Y se sienten terriblemente angustiados, ya que han perdido las antiguas muletas de la religión y la política.
-¿Se trata del fracaso o el triunfo de lo que usted llamó, hace años, «pensamiento 68»?
-Lo que llamé hace años «pensamiento 68» vuelve a florecer con los antimundialistas.
-A la luz de la angustia que usted percibe en los estudiantes, las huellas de aquel «pensamiento» no ayudan a alcanzar una vida feliz, por hablar como los estoicos romanos. Ya que las ideas no llegan a encarnarse en una realidad más o menos feliz o afortunada...
-Quizá se trate de una tragedia para quienes creen en aquellas ideas. No es mi caso. En la crisis de los estudiantes franceses de esta primavera se confunden tres problemas paralelos: el miedo, el victimismo y una búsqueda del sentido de la vida que sigue pasando por la ilusión política.
-En el fondo, quizá se trate de un fracaso educativo de la escuela y la Universidad francesas...
-La escuela francesa no marcha bien. Pero tampoco marcha tan mal si se la compara a escala internacional. Lo que hay en Francia es una tradición revolucionaria y conservadora muy fuertes. Esa tradición revolucionaria comienza con Descartes, si no antes. Romper con todo lo que nos viene de la tradición, de la familia, de los padres... «Tabla rasa». Tocqueville decía: «Los jacobinos, que hicieron la Revolución francesa, eran cartesianos que salieron de las escuelas para echarse a la calle». En Francia, culturalmente, lo que no es revolucionario o contrarrevolucionario no tiene ningún puesto en el espacio público. Es el drama del centrismo o el liberalismo francés. En Francia, un centrista es un «blandengue». El centrismo no excita a la prensa. Y el liberalismo causa urticaria. Francia es uno de los raros países del mundo donde la palabra «liberal» puede ser utilizada como un insulto. En París, para ser audible hay que ser revolucionario o contrarrevolucionario.
-Detrás de esa queja se adivina el filósofo que aspira a la tolerancia y se siente mal querido...
-¡Intento no caer en la paranoia! Mi libro lleva varias semanas a la cabeza de los éxitos de ventas. He vendido más de 125.000 ejemplares en apenas cuatro semanas. ¡No puedo quejarme de estar marginado, como dicen algunos colegas próximos al «pensamiento 68»! Pero entre la política, la prensa y la cultura sólo se imponen por la fuerza los discursos radicales y antagónicos. Hay algo de paranoico. Para la izquierda francesa, socialistas como Michel Rocard, Jacques Delors o Dominique Strauss-Kahn son ya peligrosos neoliberales. Yo me siento a gusto en la gran tradición que va de Tocqueville y Benjamin Constant a Raymond Aron. Aunque, culturalmente, mis influencias son casi todas alemanas. En el fondo, mi sueño sería poder votar en Francia por alguien como Tony Blair.
-¿No se trata de una verdadera tragedia nacional? Al hundimiento de los viejos valores de la República, el Estado, la religión o la moral, se añade, en la crisis actual, una extrema esquizofrenia política: los adolescentes americanos o europeos no suspiran, como los franceses, por un salario mínimo del Estado, en sustitución del hundimiento de la familia tradicional...
-Lleva usted razón. En Francia hay una tradición muy honda de revolución permanente. Aquí sólo se reforma a través de revoluciones, huelgas o movimientos más o menos violentos. Al mismo tiempo, la tradición republicana lo espera todo del Estado. Francia es profundamente antiliberal, Francia es republicana. República que se transformó en Estado providencia en los años treinta. Todo el mundo tiene miedo a vivir sin las muletas del Estado, para entrar en la vida adulta, para ir más allá de Francia. Todo el mundo se considera víctima y reclama al Estado una protección total: contra la mundialización, contra el mercado, contra la inmigración, contra todo.
-¿Tragedia histórica? El Estado francés está en crisis, endeudado, inmóvil, bloqueado, incapaz de atender a sus incontables clientelas. Hay quienes piensan que tal crisis es el síntoma de un histórico declive nacional...
-Yo estoy en contra de quienes han convertido ese tema en una suerte de fondo de comercial, con el que trafican intelectualmente. Sin embargo, es cierto que vivimos tiempos difíciles. Y en el diagnóstico del declive francés hay mucho de cierto. Yo no soy pesimista. Pero temo que todo sea muy difícil.