
El paradigma global de la sociedad de la información y del conocimiento está construyendo paulatinamente un nuevo imaginario que va más allá de la tecnocracia, pautado por la cosmovisión tecnológica —redes, clusters, flujos—, por la profunda reestructuración del capitalismo —interconexión, desregulación y privatización— y por una nueva cibercultura que invade la cotidianidad modificando el paisaje social —automatización, telemática, robótica, digitalización—. En efecto, como apunta Manuel Castells: “Observamos la liberación paralela de las formidables fuerzas productivas de la revolución informacional y la consolidación de los agujeros negros de la miseria humana en la economía a escala global” (La era de la información, Tomo I, La sociedad en red).
Ante esta dinámica de cambios vertiginosos —a escala económica— y paradójica estaticidad —a escala social—, ¿tienen la fe y la teología algo que decir? Más allá de las intermitentes y fastidiosas cadenas de mensajes milagrosos, de los persuasivos power point con citas e imágenes religiosas light, que circulan en los correos electrónicos, y de la invasión mediática de curas, pastores, monjas y predicadores que intentan competir con los paquetes de cables, nos encontramos con iglesias y sectas aturdidas que tienen poco que decir en esta coyuntura histórica.
La Iglesia católica vive un autismo europeocéntrico; el Islam lucha contra la occidentalización; el Judaísmo se debate entre intereses económicos, políticos y fiduciales; el protestantismo formal luterano busca en el abismo del consumo economicista algunas piezas del rompecabezas del Estado de bienestar; el budismo ingresa en Hollywood (con la cinesiología), y las sectas de nombres raros o bíblicos desatan sus campañas promocionales o fatalistas. Mientras tanto, la nueva sociedad de los contrastes camina hacia la secularización, la indiferencia, el individualismo y la violencia...
Al parecer el ubicuo y complejo mundo tecnológico tiene pocos referentes en los libros sagrados, y los mensajes se están agotando, ¿qué puede decir la doctrina, la hermenéutica, la exégesis y la teología ante esta nueva sociedad?
El problema no está en la institucionalidad religiosa, sino en el liderazgo espiritual, en los sujetos que debieran vivir la fe y en el contexto en donde se desenvuelven; ante el avasallante mapa de posibilidades y oportunidades tecnológicas (TV, cable, internet, juegos electrónicos, DVD, etc.) pautadas por el consumismo exacerbado, las religiones y sus líderes tienen que sobrevivir y hasta competir.
Fenómenos mediáticos como la liga española de fútbol o los reality shows ponen en jaque la pueril y débil fe de los ciudadanos contemporáneos, quienes han crecido y se han educado frente a los medios de comunicación. Asimismo, es importante reconocer la paupérrima formación ética, moral y religiosa, centrada en la pedagogía bancaria (memorizar y repetir sin sentido y con escaso significado), aspecto que toca la arista de la propia formación de los líderes religiosos —curas y pastores— con limitada formación cultural, religiosa, teológica y ciudadana.
Juan Pablo II en la trigésima sexta jornada mundial de las comunicaciones sociales acertadamente afirmó: “Internet redefine radicalmente la relación psicológica de la persona con el tiempo y el espacio” (12-V-02); obviamente ya habían pasado más de veinte años desde el surgimiento de internet, y muchos niños y jóvenes de esta generación ya están “redefinidos” bajo el nuevo modelo —mientras sus padres y muchos líderes religiosos se quedaron anclados (con suerte) con Communio et Progressio, Aetatis Novae o Inter. Mirifica—. En conclusión, las religiones, por prudencia o incompetencia, siguen caminando a veinte o treinta años atrás de la ciencia y de la tecnología, solucionando desesperadamente el presente con el futuro encima y con ideas del pasado.
Óscar Picardo Joao/Vicerrector de ISEADE