El perdón está presente de una forma señera en el horizonte cristiano. Y no solo porque el perdón sea mandato del mismo Jesucristo, sino porque éste no impuso límites ni barreras a su práctica. La respuesta a la pregunta ¿Cuántas veces se ha de perdonar? es muy clara:»hasta setenta veces siete». Con el símbolo del número queda establecido el carácter ilimitado de las posibilidades de perdón.
Y hay que subrayar que perdonar, con ser tan difícil, no se plantea como un buen consejo, como una hermosa posibilidad, como una conducta recomendable y piadosa que sólo algunos selectos pueden llevar a la práctica.
No. El perdón para el cristiano tiene todos los rasgos de lo obligatorio, de lo que corresponde a todos, del más grande al más pequeño. Hay un perdón sacramental y un perdón convivencial y cotidiano. Para éste último, la propia Oración Dominical, texto sencillísimo y claro con el cual Jesús quiso enseñar a orar a sus discípulos, señala el perdonar a los enemigos como paso previo para obtener del Padre el perdón de los pecados personales. A su vez, pedir perdón a los demás por las ofensas inferidas o por el daño infligido, es lo que se debe hacer para que las ofrendas de los discípulos sean aceptadas por el Todopoderoso: «ve a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a presentar tu ofrenda». Y que conste que aunque sean los cristianos quienes poseen la doctrina y la praxis del perdón, eso de perdonar no es asunto que corresponda exclusivamente a aquellas personas que han asentido en la fe. Hay un perdonar del cual no se libran ni los ateos más redomados: el que consiste en echar un velo piadoso sobre los propios defectos para no terminar odiándose a sí mismo.
A la hora de otorgar el perdón convivencial y cotidiano, el perdón nuestro de cada día, en el horizonte cristiano no entra en consideración si el perdón ha sido previamente solicitado o si el ofensor merece el perdón que se le otorga. Para perdonar no se contempla contrapartida alguna. No se exige ningún requisito. No se fija ningún precio. No se implanta ninguna condición. El perdón ha de darse gratuitamente.
Esto eleva el perdón a la altura de señal distintiva del Cristiano. Como lo es el Amor, como es la Cruz. Porque, el perdón corresponde a ese mandato superhumano de amar a los enemigos. Y porque, en cuanto perdonar es un acto difícil -para el que se necesita fortaleza, que es don del Espíritu Santo- el perdón forma parte de la cruz que los seguidores tienen que llevar sobre sus hombros si quieren ir tras las huellas del Maestro. El cristiano puede darse por advertido: «Si vuestra Justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.»